¿SÓMOS LO QUE COMEMOS O SOMOS LO QUE PENSAMOS?

Para dar respuesta a estas y otras muchas preguntas, el doctor Ramón de Cangas y Rocío López (Roma Health Coach), utilizan el concepto de microbiota consciente que desarrollan y explican en el libro, recientemente publicado, Microbiota y alimentación consciente.

Si tenemos que explicar cuál es el propósito del nuevo libro, Microbiota y alimentación consciente, de Ramón de Cangas y Rocío López es hacernos conscientes de cómo se comportan los microorganismos que conforman nuestro cuerpo y, de ese modo, poder hacernos responsables, conscientemente, de nuestras decisiones a la hora de alimentarnos.

La situación actual lo requiere porque, hoy más que nunca, saber cómo funciona nuestro sistema inmune es algo que nos interesa a todos. Los datos sobre obesidad y, en concreto, sobre obesidad infantil, considerada ya una pandemia desde el inicio de este siglo, son alarmantes. Una pandemia que tiende a empeorar en los últimos tiempos; por no hablar del protagonismo que el estrés está teniendo en nuestro ritmo de vida actual y que, en muchos casos, deriva en patologías físicas y mentales graves.

"Los pequeños detalles forman un todo"

Si nos detenemos unos instantes a reflexionar, nos daremos cuenta de que la comida es una parte fundamental de nuestra vida. No solo por el hecho de que la alimentación sea indispensable para seguir vivos, sino porque en torno a ella hemos construido relaciones, eventos importantes e, incluso, hemos resignificado muchas experiencias. Es por ello que, desde que somos niños, creamos vínculos emocionales con la comida (neuro asociaciones) y, por ello, en nuestra vida adulta relacionamos cierto tipo de alimentos con sensaciones y emociones muy concretas. Por ejemplo, el dulce que te daban por portarte bien, la bolsa de patatas fritas que compartías con tus amigos y amigas a la salida del colegio, el helado con el que te consolaban ante cualquier berrinche… Todo ello ha ido generando una memoria sobre los alimentos que seguimos consumiendo a día de hoy, lo cual ha ido derivando, a su vez, en el diseño de ciertas estrategias que en la actualidad se detonan de forma prácticamente inconsciente.

¿A qué me refiero? Muy sencillo, ¿te has sorprendido alguna vez a ti mismo/a devorando algo sabroso fuera de la hora de la comida a sabiendas que ese alimento y el modo de ingerirlo no es el más saludable para tu cuerpo? Seguramente, la respuesta es sí y eso es porque nuestra mente automatiza ciertos mecanismos de inhibición, ciertos comportamientos estratégicos, con la única intención de “mantenernos a salvo”. Es por ello que, si identificas sentir enfado, tristeza, rabia como algo negativo, seguramente tu mente te proponga consumir algo sabroso para liberarse, inhibirse de esas emociones desagradables, cuanto antes.

Si desde niños hemos asociado ciertos alimentos con “sentirnos bien”, satisfechos, aliviados, queridos, reconocidos e importantes es normal que en nuestra edad adulta esos patrones de comportamiento se activen de forma automática para generar el mismo resultado. El problema viene cuando no somos conscientes de que esto está sucediendo y por eso caemos continuamente en autosabotajes a nuestro autocuidado. ¿Por qué como mal cuando estoy triste o estresado? ¿Por qué me cuesta tanto comer lo que debo? ¿Por qué inicio mi rutina de comer sano y la acabo abandonando? Todas estas cuestiones y muchas más tienen su origen en el mismo punto: nuestras creencias. Es importante empezar a diferenciar el hambre física del hambre emocional.

No obstante, tranquilidad porque esto se puede cambiar. Podemos aprender a desactivar el “piloto automático” de esas estrategias de “mal bienestar” por otros mecanismos que nos ayuden a crear un “buen bienestar”. Me gusta llamarlo “mal bienestar” porque, en realidad, se trata de un conjunto de hábitos que nos generan cierta familiaridad y comodidad, ya que llevamos mucho tiempo poniéndolos en práctica, con el inconveniente de que ya no cumplen el objetivo de cuidarnos. En realidad, lo que hacen estos patrones de conducta automatizados es justamente lo contrario, nos están entorpeciendo el camino hacia nuestro objetivo de sentirnos bien. Ya no son sustentables, puesto que nos están saliendo muy caros.

Por consiguiente, si como un dulce antes de ir a dormir para inhibir el malestar que me genera una preocupación personal o laboral, no solo no estoy solucionando la circunstancia que detona mi preocupación y/o tristeza, sino que además estoy perjudicando a mi organismo al someterle a una ingesta innecesaria de azúcares, grasas e hidratos de carbono a una hora poco adecuada, lo cual va a pasar factura a mi salud.

No hay nada de malo con disfrutar de la comida sabrosa, sea dulce o salada, hipocalórica o hipercalórica. Se trata de identificar comportamientos inconscientes que se activan ante la experimentación de ciertas emociones desagradables, comportamientos o estrategias, que ahora nos están perjudicando.

¿Qué solución hay?

Reeducarnos, desarrollar nuestra neuroplasticidad (la capacidad de nuestro cerebro de crear nuevas redes neuronales, es decir, de seguir aprendiendo) para reeducar la manera en la que nos relacionamos con la comida y, también, con nuestras emociones. Se trata de crear nuevos patrones de comportamiento, nuevas creencias en base a la alimentación, nuevas formas de satisfacer nuestras necesidades tanto físicas como anímicas.

Sería interesante empezar a identificar los alimentos como aportes nutricionales necesarios para el buen funcionamiento del organismo si queremos disfrutar óptimamente de nuestra vida. Podemos empezar a tomar consciencia real de lo que es una alimentación saludable y, por supuesto, aprender a reconocer y regular nuestras emociones. Las emociones generan una bioquímica concreta en el cuerpo, es decir, no se generan el mismo tipo de hormonas cuando sentimos miedo que cuando sentimos felicidad… y, por lo tanto, el impacto es diferente. Solemos tener la falsa creencia de que las emociones no son importantes, pero, al igual que la comida, forman una parte indispensable de nuestra vida, son parte de nosotros.

Una de las herramientas que aconsejo para reeducarnos, reprogramar nuestra mente y crear nuevos hábitos es el mindfulness y, en concreto, el mindful eating. Y si, además, integramos herramientas de coaching nutricional el proceso puede simplificarse mucho consiguiendo óptimos y sorprendentes resultados. Llegados a este punto, debo recordar que un coach nutricional nunca sustituye a la figura del nutricionista ni al del psicólogo (en el caso de que experimentemos una TCA*) trabaja con ellos de forma complementaria y trabaja de forma individual cuando se trata de mejorar hábitos, capacidades y conseguir objetivos concretos que nada tienen que ver con patologías físicas o mentales. Por supuesto, para aprender a comer (conocer cuáles son los alimentos más adecuados según nuestro organismo y circunstancias de vida) es importante acudir a un profesional de la salud debidamente formado como son un dietista-nutricionista o un técnico superior en Dietética.

Y, para terminar, solo añadiré: ¡Libérate de la culpa y asume la responsabilidad y descubrirás el gran poder que tienes a tu alcance! ¡Confía en ti!

Texto de Rocío López, autora del libro Roma Health Coach.

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